Inmarcesible (AU humano)
Nadie lo preparó para aquel día en que perdería para siempre a su amado compañero, esa persona que estuvo por años a su lado hasta que le tocó partir a la eternidad.
Le aterraba la sola idea de quedarse sin él. Al parecer tenía el presentimiento de que no volvería jamás. Sin embargo, se dijo a sí mismo que con el tiempo lo superaría.
Cuán equivocado estaba.
Lo único que le quedaba de su amado era la bufanda de tartán, que en esos últimos años no se quitaba. Dicha prenda traía recuerdos a su traicionero cerebro y lágrimas a sus ojos, no pudiendo evitar derramarlas. Debido al cáncer, congénito y ya en una etapa terminal, Aziraphale falleció justo un día antes del cumpleaños de Crowley.
Por supuesto, Crowley se lamentó de no haber podido hacer más. El cáncer no tenía cura, lo sabía perfectamente, pero todas las noches se cuestionaba tantas cosas: ¿por qué justamente tuvo que partir Aziraphale? ¿Por qué no pudo morir él en su lugar? ¿Por qué Dios, el destino o quien sea, lo odiaba tanto?
Suspiró y tragó el nudo que subía por su garganta. Acercó la bufanda hacia él para sentir su calor. De alguna manera, para él era como sentir a su ángel abrazándolo. Recordaba con precisión que Aziraphale apenas contaba con 34 años el día de su muerte.
Se culpaba a sí mismo cada día a cada instante, ahogando sus penas con alcohol y sumiéndose más en la depresión. La vida no tenía sentido sin su ángel, nada lo tenía.
Recordaba haber comprado aquella cabaña en el pequeño pueblo de Alfa Centauri, con el propósito de envejecer junto a Aziraphale y pasar allí el resto de sus días hasta su último aliento.
Pero no lo deseaba de esta manera.
Ahora, a sus 98 años, sólo le quedaban los recuerdos inmarcesibles de aquel amor que alguna vez tuvo. Pese a haber pasado tantos años, dolía como el primer día. Nunca fue creyente pero supo que, desde algún lugar, allá en la eternidad, Aziraphale lo estaba esperando. Y cuidando.
Tomó entre sus manos, ahora arrugadas y temblorosas, la foto de Aziraphale que descansaba sobre la mesa de noche. Cuánto echaba de menos su dulce sonrisa, la cual no perdió ni siquiera en su peor momento, el sonido de su voz, el cálido toque de sus manos…
Dios, lo extrañaba tanto que esta soledad le parecía un yugo imposible de sobrellevar. ¿Lo seguía amando? Por supuesto. Tan fuerte era su amor que, después de fallecer Aziraphale, decidió permanecer solo.
Esa noche, como muchas otras del mes de Noviembre y con Diciembre ya a la vuelta de la esquina, el frío lo hallaba insoportable. Sus noches se tornaron oscuras sin el Sol que iluminaba sus días, sus días eran lúgubres y grises y su vida, al igual que su mirada, apagada y vacía.
Ya no celebraba la Navidad con el mismo entusiasmo (cabe destacar que lo hacía por Aziraphale más que porque realmente le gustara) y San Valentín se convirtió en otra fecha que odiaba. Su alma estaba sumergida en un pozo sin fondo, pero poco o nada le importaba.
Se quedó mirando al estrellado firmamento nocturno, con el insomnio como único amigo y la bufanda de tartán alrededor de su cuello y en una súplica silenciosa, como era de costumbre, le pidió a alguna deidad celestial (en la cual no creía) que lo librara de este martirio llamado existencia, la cual ya no deseaba.
Ignoraba cuántas horas permaneció despierto, pero en cuanto no pudo resistir más cerró los ojos y tan sólo volvió a despertar al sentir los rayos del Sol acariciando su rostro y escuchó el canto de un ruiseñor que se había posado en el marco de la ventana que había dejado abierta la noche anterior.
Sin poder evitarlo, sonrió. Abrió de a poco los ojos acostumbrándolos nuevamente a la claridad y extendió su mano. El ruiseñor voló hacia él y se posó en su índice.
—Hola, ángel. —saludó con lágrimas deslizándose por sus mejillas, a lo que el ave respondió cantando de nuevo. —Ha pasado mucho tiempo.
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