Spark
Intentaba, inútilmente, aferrarse a la leve chispa de esperanza que aún anidaba en su pecho. Aferrarse a lo que ya había perdido desde aquel día.
Nada bastó para retenerlo a su lado. No fue suficiente. Seis mil años desperdiciados y tirados al caño en el instante en que el ángel pronunció aquellas palabras:
“Nada dura para siempre”.
Hacían eco en su mente, repitiéndose una y otra vez, rompiéndole el corazón —el cual, a estas alturas él dudaba de poseer— y sin embargo, por más que quisiera negarlo siempre amó a ese ángel testarudo y al día de hoy todavía lo amaba.
Claramente tomaba botellas tras botellas de alcohol para ahogar y reprimir más sus emociones. Como si de alguna manera la bebida le ayudara a sentirse mejor. En ese momento el alcohol era su único amigo, su compañero fiel.
Necesitaba olvidar. Deseaba poder hacerlo pero no podía. Recordaba cada día, a cada minuto, todo con detalles torturando su memoria con cada cosa que cruzaba por su cerebro.
Quería poder entender, de alguna u otra forma, el porqué Aziraphale tomó esa decisión. El porqué no aceptó su propuesta de irse juntos lejos de la toxicidad de sus respectivos bandos. Es más, podía decir que lo veía dudar, como si lo pensara mil veces, cada vez que mencionaba aquello. Como si su obediencia ciega a las órdenes del cielo lo mantuviera con las manos atadas y sólo debiera cumplir con lo que le ordenaban. Como si no poseyera libre albedrío, cual si fuera una marioneta que los demás podían manipular a su antojo.
Y eso le molestaba. Siempre tan correcto, aparentemente sin motivos para llevar la contraria. Sin cuestionar nada. Así había sido cuando lo conoció.
Después de seis mil años, su enemigo se convirtió en algo cercano a un amigo… y algo más. No tenía idea de cómo describir lo que sentía, mas de lo que sí estaba seguro era de que deseó que esas palabras jamás hubieran sido dichas.
De haber sido de otra manera, ahora estarían juntos y posiblemente felices. Pero tal cual hubo dicho el ángel: nada duraba para siempre.
Era ya la octava botella de alcohol que vaciaba. Cabeceaba y pronunciaba incoherencias, echado en el suelo como una lombriz. La botella rodó de su mano chocando contra la maceta de una de las plantas. Crowley hipó, veía todo borroso y aunque trató de levantarse, terminó tropezando con su propio pie volviendo a caer. Cayó de costado, por lo menos agradeciendo que no cayó de boca evitando con esto que se le salieran un par de dientes.
Dejó salir un quejido de dolor. Empero el dolor físico no significaba nada en comparación del dolor emocional, el cual quería ahogar con todo el alcohol posible para ya no sentirlo más.
La novena botella también fue vaciada de un solo trago, como si estuviera tomando agua. Con toda la intención de acabar con su agonía, su sufrimiento. Con su existencia más que nada.
Un grito de la más desgarradora ira salió de lo profundo de su ser a la vez que lanzaba la botella vacía a sabrá Satán dónde, escuchándose un estruendo. Algo se había roto pero no le importó. Él también estaba así.
Respiraba agitadamente, el nudo que se instaló en su garganta se obligó a tragarlo. No, no iba a llorar. No valía la pena. ¿O sí?
Contendría sus sentimientos todo lo que pudiera, no los dejaría salir. Él no era tan débil. Las lágrimas significaban debilidad, vulnerabilidad. Tenía que ser fuerte.
El problema es que ya estaba cansado de ser fuerte. Nunca lo fue en realidad. Sólo fingía serlo. En el fondo era todo lo que odiaba, para desgracia suya. Esa parte “buena”, “gentil”, aquello que Aziraphale siempre le decía que era pese a él renegar… Continuaba allí. Dolida, lastimada, pero estaba.
Lo admitiera o no el ángel se llevó su corazón, literalmente, con su partida. Él lo entregó en sus manos y, a cambio, ¿qué obtuvo? Aparentemente nunca tendría la respuesta a esa pregunta.
Ni a ninguna otra.
El amor por Aziraphale lo cegó tanto, de tal manera, que hizo todo lo que le era posible, todo lo que estuvo a su alcance para que de alguna forma su amor fuera correspondido. Pero quizá no fue así. Quizás…
Sus sospechas fueron confirmadas cuando lo vio marchar. Quizás él era el único con dichos sentimientos, quizá todo este tiempo ese amor fue unilateral.
Qué inefable sensación, y no en el buen sentido.
En ese instante sólo quería desaparecer. Dejar de existir. Tal vez dormir otro siglo. O eternamente. Sí, le parecía una excelente idea.
Pero no lloraría, no, por mucho que las lágrimas picaran en sus ojos. Por muy aguados que estos se hallaran.
Tal cual se encontraba en el suelo, asumió su forma de serpiente y se enrolló sobre sí mismo.
Así se quedaría por largo tiempo.
Hasta que la tristeza desapareciera y sus ganas de vivir retornaran.
Mas estas hacía años habían muerto…
Junto con sus esperanzas.
Comentarios
Publicar un comentario