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Mostrando las entradas de abril, 2024

Red

 Rojo ardiente.  Así había sido la larga, ¿y por qué no intensa?, relación que hubo entre ellos. Su mente se devolvió año tras año tras año, mirando a las personas pasear en la hermosa tarde de otoño, sentado en la banca del parque Saint James, sus manos entrelazadas en su regazo. En aquel entonces, cuando no existía nada de lo creado en el universo, cuando lo conoció, cabe mencionar que se enamoró enseguida. Como un amor a primera vista. El único testigo de ese naciente amor fue la nebulosa de colores y sintió celos, obviamente, al saberse rechazado. No se lo podía culpar, así se sentía aunque sabía que no había sido la intención del otro.  El perdón, oh, el perdón. Recordaba perfectamente cuando las palabras “te perdono” salieron de sus labios, marcando un antes y un después en su historia. Quizá no era lo más adecuado en ese momento, quizá se equivocó e hizo mala elección de palabras pero la intensidad del beso apenas le había dado tiempo para procesar nada. Su mente y...

Spark

 Intentaba, inútilmente, aferrarse a la leve chispa de esperanza que aún anidaba en su pecho. Aferrarse a lo que ya había perdido desde aquel día. Nada bastó para retenerlo a su lado. No fue suficiente. Seis mil años desperdiciados y tirados al caño en el instante en que el ángel pronunció aquellas palabras: “Nada dura para siempre”.  Hacían eco en su mente, repitiéndose una y otra vez, rompiéndole el corazón —el cual, a estas alturas él dudaba de poseer— y sin embargo, por más que quisiera negarlo siempre amó a ese ángel testarudo y al día de hoy todavía lo amaba.  Claramente tomaba botellas tras botellas de alcohol para ahogar y reprimir más sus emociones. Como si de alguna manera la bebida le ayudara a sentirse mejor. En ese momento el alcohol era su único amigo, su compañero fiel. Necesitaba olvidar. Deseaba poder hacerlo pero no podía. Recordaba cada día, a cada minuto, todo con detalles torturando su memoria con cada cosa que cruzaba por su cerebro.  Quería po...

False God

 Su corazón pareció detenerse por un momento mientras las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Su respiración se normalizó en cierta medida; sin embargo, no lograba terminar de encajar todo lo sucedido en su mente. Conservaba en sus labios el sabor y el calor de los del demonio, lo que le recordaba la intensidad del momento. Lo había tomado desprevenido, no se imaginaba así su primer beso. Todavía recordaba su agarre brusco, sus labios buscando desesperadamente los suyos, sus manos intentando aferrarse, temblorosas, a la espalda del contrario. No supo coordinar su cuerpo y su cerebro en ese preciso instante. Los nervios se hallaban a flor de piel. Era inevitable.  Pero se había ido y ya no regresaría. Era lo más probable, no le cabía duda alguna. Fue entonces que comprendió que estaba destinado a permanecer solo. No lo podía evitar. Su mirada quedó fija en la puerta caoba como si en algún instante el demonio fuera a entrar nuevamente. Nada sucedió. Ni siquiera se escuchaba ya e...