Caramelo
Los gemidos de satisfacción del ángel al devorar aquel rollo de canela eran música para los oídos de Crowley, que simplemente lo contemplaba como si fuera la criatura más perfecta que haya existido en este y cualquier universo.
Para él, en definitiva lo era. No tenía la menor duda de ello.
Su aroma obnubilaba todos sus sentidos y tuvo que apelar a todo su autocontrol para no ceder a la tentación. Aziraphale era como un fruto prohibido, cual manzana del Edén de la cual comieron Adán y Eva.
Sin embargo, él adoraba al ángel de una manera más allá de lo carnal. En su mente, aún así, deseaba besar aquellos labios apasionadamente, limpiar con su lengua aquellas chispas de canela dejadas en las comisuras de la boca de Aziraphale por el postre.
Se obligó a sujetar la taza de café entre sus manos para calentarlas, ya que empezaba a sudar frío debido a los nervios. Se llevó la taza con el oscuro elixir a su cavidad bucal, tomando un buen sorbo sintiendo cómo la calidez lo recorría por completo por dentro.
Ya había estado nervioso en múltiples ocasiones, pero ninguna se asemejaba a esta. Miró lo más discretamente que pudo, observando una de las manos de Aziraphale dirigirse a uno de los chocolates rellenos de caramelo que justamente compró para él.
Presentía que podía perder la compostura en cualquier momento y probablemente querría hacer realidad esa fantasía que tenía en mente. El caramelo deslizándose por el mentón de Aziraphale cuando el ángel mordió aquel bombón sólo alimentó más su fantasía y se tomó el resto del café de un trago, como si fuera alcohol.
Se acercó, ahora sí sin discreción alguna, peligrosamente dejando muy poca distancia entre ambos sacando al ángel de su burbuja, éste dejando el chocolate en el pequeño plato junto a su taza con cocoa. El hecho de que se relamiera los labios enloqueció todavía más al demonio, si eso era posible, que su siguiente acción fue pasar su bífida lengua por el mentón ahora acaramelado de Aziraphale, que sintió un cosquilleo en una parte específica de su anatomía y no supo describir dicha sensación.
El regusto dulce de lo que saboreó contrastaba con el fuerte sabor del café, causando algo extraño en el paladar de Crowley. Extraño, sí, ¿agradable? No poseía la menor idea.
Ambas miradas se encontraron por unos instantes que parecieron eternos: los iris celestes del ángel y los ambarinos, de un dorado intenso, del demonio. Era una batalla intensa, una guerra de poderes para comprobar quién tomaría la iniciativa, quién se atrevería a dar el próximo paso.
Por unos segundos ninguno se movió, pero después, impulsado por una fuerza desconocida dentro de sí, fue Aziraphale quien terminó por romper lo que quedaba de distancia entre ellos. Gentilmente, posó su mano derecha sobre el pecho del contrario y, cerrando los ojos, buscó sus labios. Complacido y levemente confundido, Crowley aceptó juntando los labios de ambos, igualmente con sus ojos cerrados.
El beso al principio estuvo impregnado de cierta ternura, mas poco a poco fue subiendo de intensidad. El sabor a café en los labios de Crowley se fundió con el caramelo en los de Aziraphale.
Ambos sentían algo en sus corporaciones que los hacía desear más, querer cruzar la delgada línea que separaba lo divino de lo terrenal. Algo, para ellos desconocido, les hacía querer unirse en un solo ser, acariciar el cuerpo del otro, explorar los límites que hasta ese entonces respetaban, hacer el amor uniendo, más que sus cuerpos, sus almas hasta caer rendidos del cansancio.
Pero sencillamente se limitaron a entrelazar sus manos mientras sus lenguas peleaban entre sí para ver quién resultaba ganador en esta guerra de pasión.
Así continuaron por largo rato hasta que se apartaron para poder respirar. En lo que recuperaban el oxígeno, se miraron mutuamente y permitieron que sus manos jugaran sutilmente en la piel expuesta del contrario.
Las yemas de los dedos largos y delgados de Crowley se pasearon con delicadeza por el cuello angelical, sonriendo al sentir cómo Aziraphale se estremeció con tan sólo un toque de su mano.
No pudo evitar oler su aroma, el distintivo aroma de su colonia ya familiar para su olfato, y decidió, al tiempo que se deleitaba dejando pequeñas mordidas, chupetones y lamidas, ir deshaciendo la corbata de moño y abrió un par de botones de la camisa enredando sus dedos en los suaves vellos del pecho del ángel.
Aziraphale, por supuesto, no se quedó atrás. Invirtió la posición, logrando que el demonio quedara debajo y, por la mirada decidida en sus ojos, Crowley supo enseguida que esto iba para largo.
Definitivamente sería una aventura sin precedentes. Quizá la volverían a repetir, quizá no.
Lo que sí sabían era que la recordarían por mucho tiempo.
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